Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interes en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia. Lo recordabacomo era: un lugar bueno para vivir, donde se conocía todo el mundo, a la orilla de un río de aguas diafanas que se precipitaban por un lecho de piedras blancas pulidas y enormes como huevos prehistóricos. Al atardecer, sobretodo en diciembre, cuando pasaban las lluvias y el aire se volvía de diamante, la Sierra Nevada de Santa Marta parecía acercarse con sus picachos blancos hasta las plantaciones de banano a la orilla opuesta. Desde allí se veían los indios Arhuacos corriendo en filas de hormiguitas por las cornisas de la sierra con sus costales de jengibre a cuestas y masticando bolas de coca para entretener la vida. Los niños, teníamos entonces la ilusión de hacer pelotas con las nieves perpetuas y jugar a la guerra en las calles abrasantes.
Vivir para contarla.
Gabriel García Marquez.
viernes, enero 05, 2007
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